Postales de una guerra imperdonable

Calles militarizadas. El rol del estado y el de los medios corporativos. La mentira como bandera. Un fotógrafo que pelea por su vida. El ensañamiento policial con una jubilada de 87 años y dos niños de 12 y 14. Más fondos para el DNU. La jubilación mínima que no se mueve ni un centavo mientras se conoció, por las mismas horas, que un jubilado necesitará en abril más de un millón de pesos para subsistir.

Opiniones19/03/2025 Por Silvana Melo y Claudia Rafael
Postales de una guerra

(APe).- A las cinco de la tarde del miércoles la defensoría de la Tercera Edad porteña publicitaba lo que necesitará un jubilado para subsistir en abril: 1.200.000 pesos. Una hora antes ya había empezado una represión inédita por parte de mil efectivos de casi todas las fuerzas militarizadas del país. La presencia de los hinchas de fútbol enardeció a la ministra, que suele enfurecerse ante cualquier detalle que tenga marquilla popular. Barras bravas y, el peor insulto que suele salir de sus fauces, kirchneristas, emergieron del mismísimo infierno para encender la calle hasta volverla una postal de guerra. Donde la policía dirigida por la ministra, símbolo ella de dolor, padecimiento y crueldad cada vez que ocupa ese puesto político, castigó a mansalva a los jubilados. Y armó un escenario donde armas sofisticadas, motos, gases, palos y efectivos resguardados hasta las orejas desplegaba una violencia irracional contra una manifestación inerme. Levantando todos los fantasmas que le encanta anteponer cuando la violencia desbordada desde el estado deja en la esquina de la muerte a un fotógrafo y provoca una caída de un macanazo a una mujer de 87 años.
Los jubilados mientras tanto van a seguir necesitando 1.200.000 pesos para vivir. 279.835 pesos para alimentos. Enterita la jubilación mínima, aunque por suerte les queda el bono de 70 mil, que acaba de cumplir un año en el frizer. 260.245 para medicamentos. Otra jubilación mínima. Es decir, comer o comprar remedios.
Pero hoy, después de la foto con la cabeza roja de sangre, la señora de 87 años empujada por el palo policial seguirá cobrando 349 mil pesos. Un tercio de lo que necesita para vivir. Seis millones viven como ella. Sobreviven como ella.
El gobierno que los reprimió ayer antes les había hecho pagar a los jubilados el 25% del ajuste feroz. De esa motosierra que es el primer símbolo de la violencia, germen de esta calaña gobernante.
Pero la ministra, en toda su ruindad, sólo necesita despejar la calle. Una hora antes de la fijada para manifestarse, envió a sus empleados. Armados hasta los dientes. Listos para disparar. Listos para obedecer. Y no era la imposición del protocolo. Era la prohibición del reclamo. En una decisión abiertamente antidemocrática. Autoritaria. Peligrosamente ilegal. No se trataba de no cortar la calle. Era no estar.
Y dejar un patrullero abierto y abandonado. Y una pistola que se le cayó a uno por azar. Todo listo para que piquen los que tenían que picar. Y los cara tapada colocados en lugares clave para la generación de lo que sucedió. Es una crónica conocida en la historia reciente. La generación de la violencia desde el estado para el giro de las culpas a la hora del balance, en un discurso que los medios corporativos hacen suyo miserablemente.
La mentira es una herramienta ineludible para los oficialismos represivos, para los medios que forman parte de las armas de dominación de esos oficialismos de una derecha ultra, antidemocrática que avanza con una celeridad aterradora.

Zurdos, golpes e inundación

Horas antes de que la ministra tuiteara que “el tránsito no se corta” y que había que mantener a “los barrabravas sobre la vereda” –en una crónica anunciada del terror- el presidente y su séquito descendían del avión en Bahía Blanca. Cinco días después de la arremetida del agua. Lejos, bien lejos de los inundados. Del otro lado del puente. Con ese temor propio de las monarquías de codearse con el pobrerío. Aunque no lo suficientemente distantes como para no escuchar los gritos desesperados de los que habían perdido todo. Y con la esperanza de que esa visita –ajena absolutamente al tipo de prácticas presidenciales- opacara de algún modo lo que ya intuían desde hacía días que sería una marcha masiva.
La meta fue desde temprano intimidar y desmantelar cualquier arresto de rebeldía. Faltaba todavía más de una hora para el momento de la convocatoria y ya las distintas fuerzas federales de seguridad hicieron sentir en la piel y en la respiración cuál era la promesa. La obediencia a rajatabla de demoler antes de tiempo la protesta y el disfrute a pleno de quienes disparaban, golpeaban o gaseaban se espejaba en los rostros de jóvenes robocops. Que adaptaron su lenguaje velozmente a los tiempos que corren: vengan zurdos, gritaban desde un camión hidrante.
La violencia extrema del Estado se trasluce en los enormes abanicos de registros fotográficos –muchos de los cuales estarán guardados en la tarjeta de la cámara de Pablo Grillo- pero a la hora de elegir unas pocas evidencias icónicas hay tres sobresalientes.
–El empujón y golpe a Beatriz Bianco, de 87 años, por parte de un policía federal: cayó sobre el asfalto y quedó con su cabeza sangrante. El diario La Nación puso énfasis en que “en las grabaciones del momento, se ve cómo la mujer, con un palo en la mano, forcejea con uno de los efectivos que conformaron el cordón policial sobre la vereda, para impedir que los manifestantes se trasladen a la calle”. Y tituló: “Una jubilada de 87 años resultó herida por un fuerte golpe en la cabeza tras un altercado con un policía”. En definitiva, fue ella quien se peleó con un policía.
–Dos chicos de 12 y 14 fueron detenidos por la policía cuando trataban de volver a sus casas a la salida de la escuela. Fueron precintados. Intimidados. Asustados. “Lautaro estaba con un amigo que tenía un mate y, al correr, le hicieron volar el mate”, contó la mamá de uno de ellos. Y fueron acusados de “tirar piedras a la Casa Rosada”. Los liberaron recién cerca de las 21.
–Pablo Grillo se predisponía a capturar una imagen. Con su cámara fotográfica estaba agazapado frente al fuego imaginando una toma que quien sabe si habrá llegado a concretar. En las imágenes de video se ve cómo cae hacia atrás sobre el asfalto cuando un cartucho de gas lacrimógeno impacta en su cabeza. En una escena bélica. En un instante que debería marcar un antes y un después definitivo. ¿Será así?
Horas después de esa sucesión de escenas temibles, en una adecuación del DNU 186/2025 el gobierno determinó la ampliación en $7.366 millones del presupuesto para la SIDE de los cuales $1.625 millones van dirigidos a gastos reservados. Miles de millones que permitirán profundizar intimidaciones, infiltraciones, persecuciones por parte de un Estado que se vanagloria de las prácticas represivas y amenazantes.
Con una simultaneidad rayana en el patetismo, mientras en la calle las fuerzas del estado castigaban a la gente, dentro del Congreso diputados de la ultraderecha intercambiaban  puñetazos y diputadas de la misma fuerza hacían un show berreta con sus dedos medios después de haber descargado sus cloacas en X.
La violencia en desmadre está pespunteada por la violencia desde la cabeza política del estado, cuando el insulto, la amenaza, el terror, la persecución, la grosería, el desprecio institucionalizados son los huevos de serpientes inimaginables. Que habitarán el futuro inmediato.

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