


Integrar en lugar de expulsar para que el partido lo gane la comunidad
Miguel Peiretti
Narran a través de AM 1530 a fines de mayo después de un encuentro realizado en Morteros que «en la Superliga de los Barrios, en un forcejeo por una pelota dividida entre el delantero rival y el defensor, caen al piso y al intentar levantarse uno de los jugadores recibe un golpe de puño en el rostro y luego una patada en la cabeza sufriendo un corte en la nariz»
El dirigente del club al que pertenece el jugador que fue golpeado manifestó que los jugadores de su equipo no reaccionaron «porque les dijimos a los chicos que, ante un acto de violencia, no reaccionen, para no tener sanciones graves, porque son severas tanto económicas como de suspensión». El jugador que agredió fue expulsado de por vida en eventos desarrollados por la Superliga de los Barrios.
La situación del jugador que tuvo un fuerte acto de violencia fue resuelta con la receta del sistema, como es la expulsión. Optaron por excluirlo para terminar colocándolo al borde del mundo, es decir a un hecho violento le dieron tratamiento con otro mecanismo violento.
Por otro lado el dirigente no promociona la no violencia en su equipo como una herramienta de superación, sino que lo hace porque no tienen capacidad económica para afrontar las sanciones. La dirigencia fomenta el espiral de la violencia para engendrar más violencia en lugar de hacer que el fútbol sea lo que es un lugar de formación, contención, integración y convivencia
El fútbol de los barrios debería ser una escuela de colectividad donde la familia pudiese asistir a una fiesta a cada fin de semana en lugar de ser la excusa para poner de manifiesto las frustraciones, la ira mediante una sucesión de insultos, agresiones físicas, amenazas y suspensiones.
Argumentan que el futbol es pasión, pero cuando esa pasión se transforma en violencia, es cuando comienza la gran derrota del deporte porque en lugar de primar la celebración del esfuerzo y el compañerismo es secuestrado por la intolerancia, el ego y la falta de respeto para culminar siendo invadido por los mercaderes de la muerte profundizando la gravedad del problema al transformarse la cancha chica del fútbol en un campo de batalla de la cancha grande.
El episodio cronicado no es un caso aislado, sino que muchas veces los directores técnicos, lejos de apaciguar, son los primeros en perder los estribos, los que se encuentran en el banco de suplentes ante cualquier jugada polémica la convierten en la excusa para invadir acompañados desde el otro lado del alambrado por grupos que incitan a la generación de un clima insostenible.
El club de barrio debería ser el espejo donde puedan reflejarse niñas, niños, adolescentes y jóvenes sobre todos los que se encuentran en el mundo de las adicciones o quienes corren peligros, en el lugar de hacer prevalecer la violencia, muchas veces como triunfo del narcotráfico que impulsa la desaparición del disfrute, la perdida de sentido. La agresión, la violencia en el deporte es una derrota colectiva.
El espíritu deportivo, el desarrollo del juego limpio, el respeto, la solidaridad, el trabajo en equipo acompañado por la humildad en la victoria y la dignidad en la derrota son valores que necesariamente deben ser recuperados para ganarle al imperio de la lógica tóxica de la confrontación permanente desde el vale todo.
Es momento desde las áreas de deportes municipales recuperar el espíritu del campito, del barrio a través de la formación deportiva desde una perspectiva integral, no solo desde la visión competitiva del deporte. En este proceso además debería intervenir el Concejo Deliberante estableciendo normas que establezcan la realización de talleres de convivencia de los dirigentes y deportistas para poder acceder a la habilitación de un encuentro y al mismo tiempo contar en las canchas con observadores para ir trabajando con el violento desde campañas concretas, no solo desde el cartel y el discurso.
Frente a esta realidad es necesario actuar con firmeza desde la política para generar un cambio de conducta como proceso de transformación cultural para que el fútbol y cualquier deporte deje de ser el encuentro de la violencia para transformarse en la vida colectiva de educación y transformación de todos sus protagonistas.
Es necesario que los responsables políticos del deporte en comunidad redoblen esfuerzos desde un rol activo para fomentar el respeto desde la sana competencia para que los limites y la disciplina dentro del club vuelvan a ser el fomento de la contención emocional desde el juego como aprendizaje para vivirlo con alegría y no como parte de una guerra.
Los violentos no deben quedar fuera del sistema sino que deben ser contenidos e integrados para que las canchas vuelvan a ser el espacio de encuentro de la familia en la que se escuche el sonido de la pelota en lugar del grito y el insulto para que gane el fútbol, gane el deporte, gane la comunidad en su conjunto.





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