
Morteros, como tantos pueblos de nuestra cuenca lechera, nació bajo el signo del esfuerzo y la transformación del paisaje. En aquellas primeras décadas del siglo XX, el árbol frente a la casa era una cuestión de estética o, a lo sumo, una conveniencia para "frenar el sol" en las agobiantes siestas de enero. Sin embargo, hoy la mirada ha cambiado: aquel ejemplar que vemos crecer frente a nuestra ventana ya no es un mueble urbano, sino una pieza de infraestructura vital para nuestra supervivencia.



























































































