Trabajadores sin un día feliz

El día de los trabajadores no es una jornada feliz. La precariedad y la pérdida de puestos de trabajo son una constante. Las reformas laboral y previsional se lograron de hecho. Más de la cuarta parte de los trabajadores están hundidos en la informalidad. Las condiciones laborales hoy se asemejan a aquellas que llevaron a los mártires de Chicago a protestar.
Opiniones02/05/2025 Por Claudia Rafael
repartidor
Los repartidores son explotados con bajos pagos en negro

(APe).- El 1 de mayo arrancó para los obreros ceramistas salteños con una huelga. Mientras la Unión Industrial Argentina celebraba la elección de un nuevo presidente, Martín Rappallini, propietario de Cerámica Alberdi, en la planta salteña de esa firma moría un trabajador. Un hombre de 50 años, adentro de una tolva en el sector de la molienda, dejaba su vida como otros cientos lo hacen año tras año en sus respectivos trabajos. Las vidas de los trabajadores en este 1 de mayo están atravesadas por mucho de aquello que llevó a los obreros de Chicago a la protesta 139 años atrás. Reclamaban menor carga horaria (cuando entonces trabajaban entre 12 y 14 horas al día), cómo se trabajaba y cuál debía ser el salario a percibir. En este casi siglo y medio la oscilación entre bienestar y malestar ha sido constante. Aunque hace tiempo que no soplan vientos victoriosos.

Las muertes como las de este obrero apellidado Reyes de la cerámica de Rappallini abundan. Apenas tres meses atrás Alan Gabriel Riquelme moría en la frutícola Moño Azul en Villa Regina dentro de una de las cámaras de frío. Y es constante el número de muertes entre los trabajadores de aplicaciones que se juegan la vida en sus motos detrás de un mandado más. La reacción patronal es siempre sistemáticamente la misma. Pausar el trabajo en el sector de la tragedia pero no dejar de producir en el resto. El sistema capitalista dejó una enseñanza de oro: trabajar, trabajar y trabajar. Sin respiro si es necesario. Porque en la cima de las prioridades de esta extraña modernidad el lema es defender la producción.

Las condiciones de trabajo, cuando hay trabajo, significan un pasaporte al peligro. El trabajo demasiadas veces, no sólo no alcanza para subsistir, sino que también cuesta la vida.

Hay una reforma laboral y otra previsional de hecho. Ahora buscarán darle un viso de legalidad a una práctica que se fue imponiendo a través de los últimos años.

Decía el periodista y economista Alejandro Bercovich que en Argentina hay 18 millones y medio de personas en condiciones de trabajar. Pero que de ese total sólo 4 millones lo hace en condiciones dignas. Hay 2 millones que trabajan dentro del Estado pero no es garantía. Algunos con muy buenos sueldos y bajo las condiciones legales. Pero muchísimos otros, con contratos truchos, eufemismos de pasantías, con salarios que tienen una composición más que extraña que incluyen bonos y pagos fuera de la ley. Hay un universo de changarines, monotributistas, empleados en negro, servicio doméstico también en negro, monotributistas sociales que suman unos 6 millones y medio.

Un millón y medio de desocupados a los que el 2024 sumó otros 250.000 y aproximadamente 5 millones inactivos, completamente por fuera del mercado laboral.

Miles entre todos ellos hoy, seguramente, se saludaron con un “feliz día”. Hay algo en algún rincón de la conciencia que mantiene ese saludo con la firmeza de las ideas y muchos otros, como parte de la convención inevitable y consabida.

Hace apenas unos días esta agencia publicó un informe acerca de las escenas del derrumbe que va dejando este presente en la Argentina. Una suerte de radiografía de los tendales de trabajadores en la calle. Una vez más de tantas, dentro de las cíclicas crisis laborales que hundieron y siguen hundiendo a la clase obrera en el país. Con los cierres de plantas de Dánica, Dass, Cerro Negro, Avón, Nestlé, Vicentin, Sancor, Granja Tres Arroyos, Morvillo, entre tantas otras.

No hay todavía, a pesar de lo aciago de esta etapa una real conciencia de este período de vulnerabilidad profunda a la que se llegó en un modelo que acrecienta año tras año los niveles de explotación. Y, al compás, las tasas de exclusión, de marginalidad y de desintegración.

Y hay, no sólo una enorme responsabilidad de la dirigencia política durante las últimas décadas para llegar a este presente sino una connivencia y complicidad sindical que no ha hecho más que construir poder a espaldas de los intereses de los trabajadores.

El sociólogo Daniel Schteingart analiza desde el sitio Argendata que, además de los vaivenes y los picos de desocupación-ocupación desde los 90 hasta la actualidad, “la composición del empleo tendió a ser más informal en los últimos años. Además, el nivel medio de los ingresos laborales ha caído en la última década y se encuentra en niveles históricamente bajos”. Sitio que da cuenta que el 47 % del trabajo privado en el país está hundido en la informalidad aunque en numerosas provincias llega al 65 ó 70 por ciento.

Hoy el trabajo -aquel que Marx definía como la condición básica y fundamental de toda vida humana – ya no reviste de identidad.

Y esos 139 años de distancia entre este presente y aquel 1 de mayo en Chicago ha devenido en un tiempo de derrota que urge revertir. Para volver a tejer los hilos de un espíritu comunitario que sople nuevos vientos. En donde ya no se le rece a un diosito o a un santo para que envíe como un acto de magia un puesto laboral o una changuita, sino que se recupere el sentido de lo colectivo ante tanta hipocresía individualista. Ahí donde la condición humana logra florecer.

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