


El mercantilismo hace que se finja creer en lo mágico



Díganme, ¿acaso hay algo que pueda competir con el omnipresente gorro de Papá Noel? ¿O era Santa Claus?— finge creer. ¿En qué? En eso que de forma brutalista, o reduccionista, o, por qué no, simplemente ridícula, llamamos la magia. Pero, ¿qué es la magia? Un relato que cubre a otro —al único otro posible: el de lo real—, y lo suspende, por un momento. Oh, sí, la realidad es una convención, y lo sabemos. Es una convención segura y reconocible, aunque cada vez más intervenida, cada vez más pura interferencia, cada vez más fábrica de mundos burbuja paralelos.
Dejénme confesarles algo más. Ni siquiera hice la comunión, así que jamás supe de dónde venía todo esto. Simplemente, ocurría. Se abría una brecha y un tipo muy concreto de ficción pretendía pasar por realidad. Que mi obsesión, como escritora, sea precisamente esa brecha, es decir, todo aquello que el ser humano, como animal narrativo, como especie escritora, inventa para no tanto dar sentido al sin sentido —¿Por qué tenemos que acabarnos? ¿Qué somos exactamente? ¿Qué hacemos en un planeta en mitad del espacio, dando vueltas a toda velocidad?—, como promoverlo, apuntalarlo, permitirle recordar que, si hemos sido posibles, si lo estamos siendo, todo podría serlo, probablemente tenga que ver con que siempre fui consciente del truco, nunca, en realidad, pude creer, por más que los mismísismos Reyes Magos visitaran una noche mi casa.
Debía de tener cinco años, y era muy consciente —la torpeza de los adultos es enternecedora, descuidadamente cruel. Mis padres, preocupados, contrataron a unos chicos que se dedicaban a ir por el barrio entregando regalos la Noche de Reyes, vestidos de Gaspar, Melchor y Baltasar. No mejoró. Pero fingí que lo hacía. Me pareció divertido. ¿De veras estaba jugando el mundo a ser de mentira? ¿Todo el mundo, a la vez? ¿Por qué?
Intenten pensar por qué estos días les parece que el tiempo pasa de otra forma, que las luces brillan más, o que abandonan a una tristeza más honda, o se pierden en el deseo —también, y sobre todo, material— más desaforado. Hay un barniz. Lo que existe está siendo distorsionado, ritualmente. - «Es esa época del año, en la que el mundo se enamora» canta Frank Sinatra en el clásico The Christmas Waltz —, y ¿no dirían que está en lo cierto? Todo es excesivo —y cada vez más— en Navidad, y lo es porque, de alguna forma, puede serlo. Estamos perdiendo la cabeza porque no podemos no hacerlo. En un mundo tan cada vez más decididamente falto de ilusión —tan precaria, o secamente real—, que esa brecha exista, y siga abriéndose, año tras año, es un milagro.
Sí, la Navidad es cada vez más una versión enloquecida de sí misma. Pero lo es, porque el mundo también. No porque esté mal. Piénsenlo. No se trata de cuánto compramos, o comemos, sino de detenerse, por un momento, a contemplar algo que no existe, pero hemos creado entre todos. No importa cómo de despojado está hoy de significado, de hecho, cuánto más lo esté, mejor, su único sentido debe ser el de la irrealidad, porque de lo que se trata es de creer en cualquier cosa que nos aleje de la realidad durante un tiempo, y fingir que todo está siendo distinto, y tomar, por qué no, conciencia de nuestro poder para alterar el orden, cualquier orden. Dejemos que lo que hemos inventado nos proteja unos días, y no nos preguntemos por qué lo hace. Siempre vamos a necesitar creer que nada tiene por qué acabarse nunca.




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