Más verde y menos marrón: exponen el nuevo paradigma para tener caminos rurales sustentables

Con el sistema tradicional de maquinado de cuneta a cuneta terminan hundidos hasta dos metros y se vuelven canales. La propuesta es dejar crecer la vegetación natural a sus lados y hacer correcciones superficiales. El resultado: ahorro económico, beneficios productivos, turísticos y ambientales

Productivas 29/08/2023 Claudio de Moya
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(El Ciudadano) Los caminos rurales no tienen la prensa de las rutas y autopistas asfaltadas, pero son tan importantes como ellas por razones productivas, de arraigo de población y ambientales. El manejo tradicional de los mismos, al menos durante los últimos 60 años, es en base a nivelación con maquinaria, un sistema que se transformó en un boomerang: mayores gastos y el resultado de una degradación constante que alimenta círculos viciosos. Hay otra forma, sustentable, apoyada en la naturaleza y el conocimiento, que es “pura ganancia” en varios aspectos. Lo afirman con ejemplos concretos quienes la promueven y este miércoles organizan una jornada de información e intercambio en el predio de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNR, en la localidad de Zavalla.

Bajo el lema “Los caminos rurales sustentables: más que una infraestructura”, este 30 de agosto será un día con charlas y la puesta en común de las experiencias exitosas del nuevo paradigma de manejo. La invitación es para estudiantes, docentes y profesionales de la ingeniería agronómica o la civil, especialistas en recursos naturales, autoridades comunales y municipales, productores y todo aquel que se interese en el tema. La participación es libre y gratuita, pero se requiere una inscripción previa para la cual hay un formulario en línea.

¿Por qué son tan relevantes los caminos rurales? Por su extensión: en el país alcanzan linealmente los 510 mil kilómetros, algo así como 1,3 veces la distancia de la Tierra a la Luna. En La Pampa Húmeda totalizan unos 260 mil y en la provincia de Santa Fe suman alrededor de 66 mil: más de una vez y media la circunferencia del planeta medida en el Ecuador. Los datos los brinda el ingeniero civil Carlos Casali, jefe de la Dirección Provincial de Vialidad sede Rosario y fundador de la Asociación Civil Caminos Rurales Sustentables (AACRuS).

Si a estas cifras lineales se les incorpora el ancho promedio de los caminos, se tiene otro dato impactante: la superficie que ocupan, en toda la Argentina, asciende a 750 mil hectáreas. Y otra vez la comparación para dimensionar: es como multiplicar por 62 el área urbanizada de la ciudad de Rosario.

La relevancia también está dada por constituir una red de transitabilidad capilar que permite la existencia de comunidades rurales, la viabilidad de las producciones agropecuarias y de otros emprendimientos, como los turísticos. Por todo eso, es que hay que dar un golpe de timón en su mantenimiento, insiste el referente de AACRuS. Más, en el contexto de una época marcada por nuevos sistemas productivos y mayor frecuencia de fenómenos atmosféricos extremos –inundaciones, sequías, vientos intensos– que tensan la capacidad de drenaje y de arraigo de los suelos y ponen en riesgo el entorno biológico.

Más verde, manos marrón

Casali insiste en la necesidad de romper con la inercia de décadas de tratamiento “erosivo” de esos caminos de tierra. La simplificación gráfica de la propuesta es elocuente: más verde y menos marrón. “Con el sistema de «supuesto mantenimiento» tradicional, desde hace 60 años, se fueron degradando. Con ese manejo convencional, que “come” suelo, se han hundido desde medio metro a dos metros”, resume y alerta que se trata de una peligrosa transformación de los caminos en canales frecuentemente intransitables.

“No es por causas naturales, es por el maquinado de cuneta a cuneta (para borrar las huellas) que deja los suelos desnudos, sin empastar ni compactar, sueltos y expuestos al viento y la lluvia que se lo llevan“, explica. El responsable de ese proceso, y el que tiene la posibilidad de revertirlo, es el hombre.

El método que proponen, explica Casali, es de empastado en los bordes y correcciones superficiales en la zona de calzada. Esto redunda en menores inversiones en combustibles, lubricantes y reparaciones de los equipos. Ese ahorro, completa, está estimado en un 30% y lo ideal es que se destine a la compra de material para la estabilización de la porción de calzada “marrón”. El especialista aclara que no es teoría: varias comunas de Santa Fe adoptaron el sistema con éxito, y eso se expondrá este miércoles en el predio de la Facultad de Ciencias Agrarias.

Todo ganancia

En lugar de arrasar con agroquímicos la vegetación autóctona a los lados de los caminos, el nuevo sistema propone dejarla crecer, con el asesoramiento de especialistas en cada caso. Así, se “generan corredores de biodiversidad en las veredas, como se llaman las franjas entre las cunetas y los alambrados de los campos“. Casali señala que así se genera un hábitat que “atrae a las abejas y otros insectos benéficos, que mejoran la producción de los territorios vecinos y ayudan a infiltrar mayores volúmenes de agua de las precipitaciones y conservar el estado de los caminos para que no se sigan deprimiendo”.  El balance de menores inversiones y esos beneficios, resume, es “ganar y ganar”.

Las cunetas también deben ser empastadas, con un diseño cóncavo (en U) en lugar del perfil en V, para disminuir la velocidad del agua. La vegetación allí no obstaculiza el escurriemiento, sino que por el contrario evitar la erosión hídrica y, además, le aporta a las cunetas mayor capacidad de infiltración y retención de agua. Otro plus: agregar a su transporte horizontal el vertical: a través de la transpiración vegetal.

El sistema se viene aplicando desde 2018, cuando AACRuS inició una tarea de difusión y asesoramiento que en Santa Fe ya alcanzó a unas 60 comunas. También en otras provincias, como Entre Ríos, Corrientes, Buenos Aies y Córdoba.

“Los cambios se notan rápido. Se bioestabiliza el suelo en forma gratuita por el crecimiento de los pastos“, repite Casali sobre las ventajas.

 Saber más: un libro gratis

El libro Caminos rurales, de la degradación a la sustentabilidad que editó AACRuS se puede descargar en esta dirección, en en formato PDF con sólo aportar algunos datos.

Cultivos intensivos: menos consumo e infiltración de agua

El empastado de veredas, baquinas y cunetas para mayor absorción de agua y menor erosión del suelo es relevante en un entorno productivo que se modificó en las últimas décadas con la consecuencia de una disminución de la capacidad de infiltración, retención y consumo de agua por los cultivos. El sobrante, claro, más aún con la mayor frecuencia de lluvias intensas características del cambio climático, va hacia los caminos.

Información elaborada por el Inta Marcos Juárez da cuenta del fenómeno. El monte muestra un consumo de agua, en milímetros por año, de 2.000, la alfalfa, unos 1.800. Y ello contrasta con los cultivos intensivos: el combo soja y maíz, por ejemplo, apenas 450, el de trigo más soja, unos 900.

Desde el punto de vista del consumo de agua, una alfalfa o una pastura equivalen a lo que consumen cuatro cultivos de soja.

En cuanto a la infiltración de los suelos, si hay una pastura, tienen una capacidad promedio de 70 a 100 milímetros por hora, mientras que los que tienen un cultivo de grano en rotación (por ejemplo soja), sólo 30. Y en monocultivo, cae a el mínimo de 9 milímetros por hora.

Por lo anterior, el área destinada a las zonas de camino, entre alambrados, recibe mayor volumen de agua por los efectos de mayores lluvias en general, el menor consumo, capacidad de infiltración y retención de agua de las áreas con cultivos anuales.

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