Líneas del tiempo

Las líneas de tiempo se cruzan y se enredan. En 2013 Bergoglio se transformaba en un Francisco planetario y había comenzado el ascenso de su línea de tiempo. En estas tierras en una línea de tiempo contraria comenzaba a asfaltarse el camino para llegar a este presente de una ultraderecha berreta con ínfulas dictatoriales. La línea de tiempo de Francisco se cortó. Y ahora la de Argentina es una.

Opiniones22/04/2025 Silvana Melo
linea de tiempo

(APe).- En 2013 enloquecen las líneas de tiempo. Se cruzan y se enredan.

Y evolucionan al revés.

El cura, el viejo, el pontífice, el papa fogoneado por Quarracino y sucesor del Benedicto Ratzinger, el conservador arzobispo de Buenos Aires se hacía un bolsito y con un boleto de ida para Roma no volvía nunca más. Y en la cúspide de sus sueños, iniciaba el camino contrario del resto de los mortales. De la derecha rancia al progresismo vaticano. Era marzo de 2013

El país que lo puso en tierra, esas puntas de pie del fin del mundo, veían languidecer diez años de progresismo latinoamericanista, con liderazgo carismático sin continuador digno y sin construcción transformadora que le asegure permanencia. Un pragmático de origen derechista, subido al tranvía oportuno del peronismo, ganó unas legislativas fundamentales mientras Cristina K era presidenta. Sergio Massa subsiste hasta hoy. Era octubre de 2013. El país comenzaba un camino opuesto al de Bergoglio. El progresismo iniciaba el camino ultra inexorable.

En la iglesia argentina Bergoglio fue creciendo como hijo de Antonio Quarracino (el mismo que había propuesto que “yo pensé si no se puede hacer acá una zona grande para que todos los gays y lesbianas vivan allí, que tengan sus leyes, su periodismo, su televisión y hasta su constitución. Que vivan como en una especie de país aparte, con mucha libertad”). Trató de hacer oídos sordos a la pedofilia eclesiástica, protegió desde adentro al cura Grassi y pidió apoyo a la “guerra de Dios” que había que presentar contra el proyecto de ley de matrimonio igualitario.

Desde el púlpito, condenaba la pobreza y la corrupción. Y desataba la ira de Néstor y Cristina Kirchner, todopoderosos durante dos lustros.

Ambos mudaron su presencia al Tedeum del 25 de Mayo a las provincias para no soportarlo.

Los problemas con la sexualidad que suele tener la iglesia se licuan con la relación cercanísima de Bergoglio con los barrios populares donde nadie lo olvidó.

La opacidad de su actuación durante la dictadura no ha dejado huellas invalidantes.

El 27 de octubre de 2013, siete meses después de la consagración de Bergoglio y su transformación en Francisco sin Asís, Sergio Massa –un advenedizo nacido de la Ucedé de Alvaro Alsogaray- le ganó las elecciones a Cristina Fernández con partido propio. La estrella de Cristina comenzaba a caer. Hasta el punto de que la derecha cheta de barrio Parque le ganó la elección en 2015.

Bergoglio, que ya era un Francisco planetario, había comenzado el ascenso de su línea de tiempo. A la vez que la del país iba descendiendo, como la estrella de Cristina. Ella, que decidió que Francisco ya no era Bergoglio y fue a visitarlo con un velo de tul y una sonrisa enorme y le pidió disculpas y se hicieron amigos y estaba clarísimo cómo se cruzaban las líneas de tiempo: la de él para arriba y la de ella para abajo. Junto con la del país, que el Francisco sin Asís vislumbró cuando la visita fue de Mauricio Macri y la foto oficial denunció una proverbial cara pontificia de asentaderas abatidas.

Después vino lo demás.

Francisco pudo, en 2019, desaforar al ex cardenal estadounidense Theodore McCarrick tras ser declarado culpable por un tribunal vaticano de abusar sexualmente de un adolescente en la década de 1970. Al año siguiente, un informe del Vaticano reconoció errores de la jerarquía católica y descubrió que Juan Pablo II ignoró los consejos contra la promoción de McCarrick.

La celeridad de Francisco fue envidiable: Juan Pablo II recién absolvió a Galileo Galilei 359 años después. En 1633 había dicho que la tierra se movía.

También bendijo la unión de los homosexuales.

Y dedicó toda una encíclica a advertir sobre el colapso del planeta, en medio de la negación global del cambio climático por parte de los dueños del mundo. A los que les reclamó que repartieran sus riquezas y pagaran los impuestos.

 No bajó el oro del Vaticano como pedía Diego. Pero algo es algo.

Se murió en semana santa, cuando se resucita.

Mientras la Argentina, a la que no volvió, está infectada por un virus letal. La ultraderecha horrible, berreta, violenta, con ínfulas dictatoriales, se le metió en la sangre.

El presidente es el mismo que le dijo que él es “el representante del Maligno en la tierra ocupando el trono de la casa de Dios”.

Y ahora viajó a su funeral.

La línea de tiempo de Francisco se cortó. Y probablemente se junte con la de la Argentina.

Vaya a saber quién lo sucederá.

Acaso nada de lo que pase podrá ser mejor.

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