El desafío de una educación transformadora

Para reconstruir un país donde los sectores populares puedan disputar poder y ciudadanía en un mundo gobernado por un puñado de multibillonarios, la educación debe ser trinchera infalible. Hoy es un sendero árido, que no frena la caída sino que se vuelve parte de ella. Un sistema que deserta de los niños y no al revés.
Opiniones01/03/2023 Silvana Melo
Educacion

(APe).- Más de cinco millones de chicos y chicas y 420 mil docentes salen hoy a las calles de la provincia de Buenos Aires con el destino físico de una escuela. En las pizarras aquellos a quienes la educación tradicional determina como dueños del saber mostrarán pedagógicamente a sus receptores cómo funciona el mundo. O bien ocultarán las caras de ese trajín que consideran inconvenientes. Y si, como dice Nano Balbo, “la educación es la manera como yo muestro o escondo cómo funciona el mundo”, se trata de “una práctica eminentemente política”. Y los alumnos, abiertos a ese saber y casi sin posibilidad de intercambiar el propio, deberían ser los sujetos políticos a los que la escuela –la física y la otra-  los provea de herramientas para transformar el desaforado mundo que reciben. Ese que les muestran o les ocultan.

El país en derrumbe donde la escuela vuelve a abrir hoy es la foto de contexto en la que la educación es un tentáculo más de un estado de inanición y no el brazo que intentará asomar, el que torcerá el rumbo de tantos niños y adolescentes condenados por origen y por futuro marcado. Es apenas un sendero árido, que no puede desprenderse de la caída sino que se vuelve parte de ella. Un tren cansino que va perdiendo vidas como piedras en el camino, un sistema que deserta de los niños y no al revés.

No hay país en pie sin una educación en pie. Que no enseñe desde el púlpito sino que comparta saberes desde la heterogeneidad de los que aprenden. Que no homogeinice ni el conocimiento ni la evaluación, que se relacione desde las diferencias y que las salude en lugar de unificarlas en esa especie de masa madre en que el aula con un/a docente y treinta alumnos convierte la cotidianidad.

Sólo se podrá reconstruir un país donde los sectores populares puedan disputar poder y ciudadanía en un mundo gobernado por un puñado de multibillonarios, si la educación es trinchera infalible. Y relata el mundo tal cual es, injusticiado por las derechas temibles, empobrecido y dominado por la colonización cultural o a puro palo. Ese mundo, el grande y el pequeño, el del barrio, el de la provincia hacinada en un puño, espera que cada pueblo encienda la luz transformadora en cada parcela global. Y es un apagón generalizado si la educación es apéndice colonizador y replicador de los vicios sistémicos.

 Porque el poder ha querido “convertir a las prácticas educativas en prácticas rentables”, entonces “convirtieron a los conocimientos que son bienes sociales, en mercancía; a los alumnos en consumidores y a las escuelas, en shoppings”, dice Balbo.  Shoppings donde la verdadera capacidad de compra la tienen los poderosos.  Y el resto, espera fuera. Disciplinado por el Estado para el mundo que hay que habitar. Para el estado de cosas a mantener.

Cuando los gobiernos confeccionan sus presupuestos, muestran la hilacha fatal de sus opciones más profundas. La ley de 2005 determina que el 6% del PBI debe ser destinado a la educación. En sólo tres oportunidades se cumplió cabalmente: en 2009, 2013 y 2015. El presupuesto de 2023 es el más bajo en educación en los últimos once años. Y un 15,5 % inferior que en 2022. A contrapelo de una decisión que deshilacha el futuro, las partidas que aumentan son las destinadas al pago de la deuda. A la deuda con el FMI, no con la infancia de un país que condena a 7 de cada diez a la pobreza.

Por eso las escuelas de los barrios son pobres como los barrios. Con los pocos maestros que aceptan un trabajo complejo y baldío. Con edificios asolados por la indiferencia estatal. Donde los niños empiezan a mitad del año, donde el hambre y las familias pauperizadas los acompañan a un proceso de aprendizaje complicado. Donde la homogeinización es inexorable y la diferencia con el resto de las escuelas, abismal.

Esas escuelas deberían estar fortalecidas con más docentes, con los mejores, con el alimento primordial y copioso al mediodía, con programas que profundicen conocimientos básicos y que despierten la creatividad y el intercambio de saberes con maestros dispuestos a aprender vida en contexto de carencia, abandono y desesperanza. Sin embargo, esas escuelas son parte de la postal de abandono. Y la educación profundiza la inequidad.

Porque no es la misma para los pobres que para los de un nivel social más alto. No es la misma y debería serlo porque los alumnos no son los mismos. Sus complicaciones están arrastradas por el río caudaloso del hambre en la primera infancia, una nutrición ineficiente, una salud con escasos controles, una vivienda con problemas de infraestructura, hacinamiento, etc. Por eso el 33% de los chicos de nivel social más bajo (pobres, en realidad), no rinden en Lengua. Y el 64 % no logra trepar el palo enjabonado de las Matemáticas. En aquellos a quienes les tocó vivir en un nivel social más afortunado, los tropiezos en Lengua se reducen al 9% y en Matemáticas, al 24%.

Freire define que la pedagogía “está siendo” porque el mundo está en un movimiento continuo, “porque el mundo está siendo”. Por eso plantea “recuperar la pedagogía con ese dinamismo que implica ir al acumulado pedagógico que nos permite interpelar este presente y poder construir futuro”, recuerda Nano Balbo.

Es Noam Chomsky quien asegura que si los docentes logran convertirse en “intelectuales auténticos que denuncien la hipocresía, las injusticias sociales y la miseria humana”, conseguirán “que los estudiantes asuman el reto de ensanchar los horizontes de la democracia y de la ciudadanía”. Que sean sujetos políticos en una pedagogía que está siendo, en un país que también está siendo, como un gerundio incontenible que invita a transformar en marcha.

Sin que ningún sueño se detenga. Sin que la escuela sea un coto de cuatro paredes. Sino un espacio libre para el intercambio de saberes. Liberada de formar para el disciplinamiento y la obediencia.

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