Las motos en la mira: El laberinto de un control que recauda pero no ordena el tránsito

El reclamo de los vecinos apunta a una Dirección de Tránsito cuya ineficiencia es de larga data: una gestión que anuncia mucho pero soluciona poco, mientras los inspectores de calle ponen la cara cobrando sueldos de miseria y sin la capacitación adecuada.
Locales18/09/2026Miguel PeirettiMiguel Peiretti

control-motos-morterosLos masivos operativos de retención de motovehículos vuelven a encender la polémica en la ciudad.

Las imágenes de secuestro de motocicletas en el centro de Morteros se han vuelto una postal repetida en las últimas semanas. Las gacetillas oficiales se apuran a mostrar números de secuestros y actas de infracción como sinónimo de éxito. Sin embargo, detrás de la puesta en escena de los operativos "cerrojo", el vecino común camina las calles y experimenta una realidad completamente distinta. La percepción social dominante es que estos controles, más allá de haberse convertido en una aceitada fuente de recaudación económica para las arcas municipales, están lejos de resolver el problema de fondo.

La contradicción es flagrante y se palpa cada noche. Mientras el corralón se llena de motos de trabajadores que quizás no pudieron pagar la patente o la renovación de la licencia para conducir a tiempo, las calles y los bulevares de Morteros siguen siendo tierra de nadie. Cualquier ciudadano que circule después de las 20 puede observar con alarmante facilidad decenas de motos transitando sin la más mínima iluminación, rodados con escapes libres modificados que destrozan el descanso y jóvenes circulando a alta velocidad realizando maniobras temerarias sin ningún tipo de pudor. Ni hablar de las constantes picadas ¿Cómo se explica que haya tantos secuestros y, al mismo tiempo, el mismo descontrol de siempre en las calles?

Una ineficiencia de larga data: Decir que se hace para no hacer

La respuesta a este interrogante desnuda una problemática estructural dentro del municipio: la falta de eficiencia de la Dirección de Tránsito, un área cuyo cuestionamiento público no es nuevo, sino que arrastra años de promesas incumplidas y cambios de nombres que no modifican las mañas de fondo.

En el runrún de la comunidad se critica con dureza la estrategia del "gatopardismo" institucional: montar operativos ruidosos e hipervisibles a plena luz del día en zonas bancarias o comerciales —donde es fácil pescar al laburante que va a las corridas— para simular una rigurosidad que desaparece por completo cuando cae el sol. Es la política de decir que se hace para no hacer. Se anuncian acciones para la seguridad vial, pero la operatividad real en el territorio nocturno, que es donde verdaderamente se pone en riesgo la vida de los jóvenes y la tranquilidad de las familias, brilla por su ausencia.

Poner la cara por salarios de hambre

tapaAhora bien, al desmenuzar este fracaso crónico, es fundamental trazar una línea divisoria clara entre las decisiones de los funcionarios políticos y la realidad de los inspectores que caminan la calle. El hilo siempre se corta por lo más delgado: el empleado municipal es quien debe soportar los insultos, los escupitajos, las agresiones físicas y las situaciones de extrema tensión en cada retención.

Esos trabajadores realizan una tarea de altísimo riesgo urbano a cambio de salarios de miseria que en muchos casos no llegan a arañar la línea de la pobreza. El descontento de los inspectores no solo es salarial; es también formativo. El vecino se pregunta legítimamente: ¿Están estos agentes realmente capacitados para conocer a fondo el contenido de las ordenanzas locales vigentes? ¿Reciben herramientas teóricas y protocolos profesionales para saber cómo actuar con eficacia ante una problemática tan compleja como la nocturnidad, las adicciones al volante o las picadas? La falta de inversión municipal en sueldos dignos e instrucción técnica condena al personal a ser meros "recaudadores " en lugar de verdaderos preventores viales.

El impacto en el bolsillo vs. el fracaso preventivo

Para gran parte de los morterenses, el actual esquema de controles ha invertido las prioridades de lo que debería ser una política de seguridad vial. En lugar de educar, prevenir y retirar de circulación de manera selectiva a los conductores peligrosos, el sistema parece diseñado con un fin puramente recaudatorio. Las multas golpean de lleno a los sectores de menores recursos que utilizan la moto como único medio de subsistencia.

Mientras tanto, los verdaderos causantes del caos —aquellos que corren picadas con impunidad, que circulan a oscuras y desafían a la autoridad con sus ruidos molestos— eluden los controles diurnos con facilidad. Si la Dirección de Tránsito sigue refugiándose en el relato de los números de secuestros diurnos para tapar su incapacidad de ordenar la noche, sueldos de hambre mediante, las calles de Morteros seguirán padeciendo el mismo desorden estructural de siempre.

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