


La enseñanza agropecuaria, motor estratégico del desarrollo local y regional
Miguel Peiretti
En una región donde los horizontes se dibujan con siluetas de silos, lotes sembrados y tambos, la educación no puede ser un hecho abstracto desconectado del entorno. Debe ser, por el contrario, el motor que potencie esa identidad. En este contexto, la educación agropecuaria emerge no solo como una opción pedagógica tradicional, sino como un pilar estratégico e indispensable para el arraigo, el desarrollo económico y la sustentabilidad de nuestras comunidades.


Esta reflexión cobra un significado especial en una fecha de profunda trascendencia para nuestro país. Cada 6 de agosto se celebra en Argentina el Día de la Enseñanza Agropecuaria, en coincidencia con el Día del Veterinario y el Día del Ingeniero Agrónomo. La unificación de estas tres efemérides no es casual: rinde homenaje al inicio de los estudios superiores agropecuarios en el Instituto Agronómico Veterinario de Santa Catalina en 1883. Esta fecha sintetiza el triángulo virtuoso de la producción: la formación de los jóvenes, el cuidado de la salud animal y el desarrollo científico de la tierra.
Nuestra región no es un punto cualquiera en el mapa productivo; estamos inmersos en la cuenca lechera más importante de Latinoamérica. Defender esta actividad en épocas marcadas por políticas de concentración que atentan contra el arraigo y el pequeño productor, es defender de manera directa nuestra economía regional. La supervivencia y el crecimiento de nuestros pueblos dependen del dinamismo de los tambos y las industrias locales vinculadas a la actividad tambera y agraria. Por eso, blindar la producción familiar y cooperativa frente a la centralización corporativa es una causa común que sostiene el entramado social de cada una de nuestras localidades.
La enseñanza agrotécnica, al igual que la técnica en general, ofrece una vivencia personal única, donde el aula derriba sus paredes para transformarse en un campo de experimentación viviente. Aquí, los estudiantes no solo incorporan conceptos teóricos sobre cultura general, biología, economía o matemática; los ponen en práctica a través del trabajo de cada especialidad y la gestión de procesos productivos complejos. Se trata de una pedagogía del hacer, del esfuerzo compartido y de la paciencia que imponen los ciclos.
Esta concepción educativa encuentra su fundamento en las sabias palabras del agrónomo Elver Ferraresi, un histórico educador del Instituto Agrotécnico de Colonia Vignaud y autor de innumerables proyectos pedagógicos en el área. En muchas de las charlas mantenidas con él, Ferraresi sostiene una premisa que debería ser el norte de toda gestión educativa: "La Escuela debe responder de manera estricta a las exigencias del medio que la rodea y tiene que estar inserta en el proyecto de desarrollo de la comunidad".
Desarrollar este concepto implica entender que una escuela no puede funcionar como una isla. Si el entorno demanda técnicos para la fabricación de productos lácteos o personas capaces de afrontar el cambio climático, la optimización de los suelos o la digitalización de los procesos, la escuela debe ser la primera en adaptar sus currículas para dar respuesta a esa demanda real. La institución educativa se convierte así en socia estratégica de las cooperativas, los productores y los municipios, transformándose en el principal semillero de soluciones locales.
El mayor desafío de la escuela agropecuaria actual es ser el motor del ecosistema de alta tecnología. Las instituciones educativas de nuestra región demuestran cotidianamente estar a la vanguardia, incorporando de manera orgánica robótica aplicada al agro, el uso de drones para mapeo de precisión, herramientas de biotecnología y sistemas digitales de gestión ambiental. Formar a los jóvenes en estos entornos técnicos significa brindarles un pasaporte directo hacia una inserción laboral calificada en su propia región.
A este valor tecnológico se le suma un compromiso social insustituible: el arraigo. En épocas donde las grandes urbes saturan sus capacidades y los jóvenes a menudo migran buscando oportunidades, la escuela agrotécnica ofrece un motivo de peso para quedarse y progresar en el lugar de origen. Cuando un adolescente aprende el valor de la economía circular, comprende la importancia de mitigar los excesos de sal en el suelo o domina los procesos de valor agregado en origen, deja de ver a su pueblo como un punto de partida y empieza a proyectarlo como su lugar en el mundo.
Apoyar, visibilizar y potenciar la educación agropecuaria es una responsabilidad colectiva que involucra a los estados locales, a los sectores productivos y a las familias. En cada técnico que egresa de nuestras aulas rurales no solo hay un profesional preparado para la producción alimentaria sostenible; hay un guardián de nuestra identidad regional y un constructor del mañana productivo que nos define.






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