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Transferir ya supera el usar billetes, pero la ciencia advierte sobre una anestesia mental que dispara el consumo. Un cambio cultural que pone en jaque al ahorro y a la privacidad.
Sociedad13/02/2026
Redacción Regionalisimo
(NDW) Seguro esta mañana, o ayer, o en algún momento del fin de semana fuiste al kiosco, compraste algo simple y, casi por un acto reflejo, preguntaste: «¿Te puedo transferir?». Lo que hasta hace apenas dos años era una excepción, hoy es la norma. El efectivo, ese papel que hemos llevado en los bolsillos durante siglos, se está convirtiendo en una reliquia incómoda, empujado por una tormenta perfecta de inflación, tecnología y, sobre todo, por cómo funciona nuestra mente.
Ya no es solo una cuestión de comodidad; es un cambio cultural profundo. Según los últimos datos del Banco Central, las transferencias inmediatas desde el celular ya superan a las extracciones de cajeros automáticos. Pero detrás de los números fríos se esconde una trampa psicológica fascinante y peligrosa: cuando el dinero se vuelve invisible, gastarlo deja de doler.


Para entender por qué preferimos el celular a la billetera, hay que mirar más allá de la economía y entrar en el terreno de la psicología. Existe una rama llamada Economía del Comportamiento, que estudia las decisiones «irracionales» que tomamos con la plata. Los expertos en este campo tienen un término muy gráfico para lo que nos pasa: el «Dolor de Pagar».
Funciona así: cuando vos entregás un billete de diez mil pesos para pagar una cena, tu cerebro registra una pérdida física. Ves el papel yéndose, sientes que tu billetera queda más flaca. Esa acción activa la ínsula, una parte del cerebro relacionada con el dolor y el disgusto. Ese «dolor» actúa como un freno natural, una señal de alerta que te dice: «Cuidado, te estás quedando con menos recursos».
Pero con la transferencia o el QR, ese dolor desaparece. El acto físico de pagar se vuelve abstracto. No entregás nada, solo deslizás un dedo sobre un cristal o apoyás un plástico. Es un movimiento «sin fricción». Al eliminar la entrega física del dinero, eliminamos también el freno psicológico. El cerebro no procesa la transacción como una pérdida inmediata, sino como un simple trámite administrativo. El resultado es lo que los psicólogos llaman «anestesia al gasto»: gastamos más, más rápido y con menos culpa.
Por supuesto, en nuestro país, la psicología tiene un cómplice necesario: la realidad económica. La inflación hizo que el dinero físico perdiera su utilidad práctica.
Hasta la llegada de los billetes de mayor denominación, salir a cenar o hacer una compra mediana implicaba llevar fajos de papeles que abultaban los bolsillos pero compraban poco. El efectivo se volvió sucio, inseguro e incómodo. En ese escenario, las billeteras virtuales (como Mercado Pago, Naranja X o Personal Pay) aparecieron como una solución mágica.
Hoy, Argentina lidera la región en adopción de estas tecnologías. Pero esto trajo un efecto secundario inesperado: la pérdida de la noción del valor. Al ver solo números en una pantalla, perdemos la referencia de lo que realmente cuesta ganar ese dinero. Es el mismo fenómeno que ocurre en los casinos con las fichas: como no parecen dinero real, es más fácil apostarlas. Hoy, nuestro celular es esa ficha de casino.
Si miramos hacia afuera, vemos que no estamos solos en este barco, aunque cada cultura lo navega distinto.
Nuestro vecino, Brasil, es el caso de éxito más impactante del mundo con su sistema Pix. Creado por su Banco Central, es tan simple y universal que barrió con el efectivo incluso en la economía informal: hoy, un vendedor ambulante en las playas de Río de Janeiro acepta una transferencia instantánea con la misma naturalidad que un shopping. Allá, el efectivo es casi un recuerdo.
Del otro lado del mundo, China vive en el futuro. Allá se saltaron la etapa de las tarjetas de crédito. Pasaron directamente del billete al código QR de WeChat o Alipay. Es una sociedad donde hasta los músicos callejeros tienen un cartelito impreso para recibir propinas digitales. No tener batería en el celular en Beijing es, literalmente, no poder comprar ni una botella de agua.
Sin embargo, no todo el mundo corre hacia lo digital. En Alemania, por ejemplo, existe una fuerte resistencia cultural. Para los alemanes, el efectivo es sinónimo de libertad y privacidad. Saben que un billete no deja rastro digital: nadie sabe qué compraste, ni dónde, ni a qué hora. Pagar con tarjeta o celular implica dejar una huella de datos que las empresas utilizan para armar perfiles de consumo. Ellos eligen la incomodidad del billete a cambio de mantener su intimidad, un debate que en Argentina todavía no nos hemos dado.
Si la desaparición del efectivo parece imparable por su conveniencia, hay un grupo creciente de expertos, sociólogos y analistas de datos que levantan la mano para pedir un freno. La premisa es inquietante: cada vez que escaneamos un QR o hacemos una transferencia, no solo estamos pagando un producto; estamos entregando un pedazo de nuestra vida privada.
El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han lo llama la «sociedad de la transparencia». En este esquema, el ciudadano se convierte en un proveedor constante de información. ¿Qué saben de nosotros? Todo. Saben a qué hora tomamos café, si compramos medicamentos para la ansiedad, si cargamos nafta en una zona cara o barata, y hasta con quién cenamos un viernes a la noche si dividimos la cuenta por la app.
El dinero en efectivo tiene una cualidad única que ninguna criptomoneda ni billetera virtual ha logrado replicar del todo: es anónimo. Un billete de mil pesos no tiene memoria. Pasa de mano en mano sin dejar un registro digital de quién lo tuvo antes.
Al eliminar el efectivo, eliminamos la posibilidad de hacer transacciones privadas. Esto no solo afecta a quienes operan en la informalidad o el delito, como se suele argumentar para defender la digitalización. Afecta al ciudadano común. Si el sistema financiero sabe todo lo que haces, tiene el poder de «perfilate».
Las empresas de tecnología financiera (fintech) y los bancos ya no ganan dinero solo por las comisiones; su nuevo oro son nuestros patrones de consumo. Un estudio reciente de la Universidad de Oxford advirtió sobre el «capitalismo de vigilancia»: algoritmos que analizan nuestros gastos para predecir (y manipular) nuestros deseos futuros. Si saben que todos los jueves pides comida chatarra, el sistema te bombardeará con ofertas justo antes de que tengas hambre. Si saben que gastaste en una farmacia, te ofrecerán seguros de salud.
Hay otro riesgo, más técnico pero igual de aterrador, que señalan los expertos en ciberseguridad: la fragilidad del sistema. Depender 100% de lo digital nos deja vulnerables a fallas tecnológicas, ciberataques o cortes de energía.
Si mañana colapsa la red de internet o cae el sistema de pagos (algo que ya ha ocurrido con plataformas globales), una sociedad sin efectivo queda paralizada. No se puede comprar comida, no se puede cargar combustible, no se puede viajar. El efectivo, con todos sus defectos, funciona sin electricidad y sin señal. Es el sistema de respaldo («backup») definitivo de la economía.
Por eso, mientras celebramos la agilidad de pagar con el celular, vale la pena preguntarse: ¿Estamos ganando comodidad a cambio de entregar nuestra libertad? Quizás, como sugieren los defensores de la privacidad en Europa, el futuro ideal no sea la eliminación total del billete, sino un equilibrio donde la tecnología nos sirva sin vigilarnos.
Este nuevo escenario nos deja parados frente a una encrucijada inédita. La desaparición del billete físico no es solo un cambio tecnológico; es una transformación que nos exige una nueva forma de inteligencia cívica. El desafío es doble y ocurre tanto dentro de nuestra cabeza como afuera, en la red.
Por un lado, tenemos la tarea urgente de reeducar a nuestro cerebro. Necesitamos aprender a sentir el peso del dinero aunque no lo toquemos. Si la pantalla del celular «anestesia» el dolor de gastar, tendremos que inventar nuestros propios frenos mentales para no caer en la trampa del consumo impulsivo y el endeudamiento silencioso. Ya no alcanza con saber ganar la plata; ahora hay que saber administrar números en una nube que nunca duerme.
Pero por otro lado, debemos entender que la comodidad extrema tiene un precio invisible: nuestra privacidad. Vivir en una sociedad «sin efectivo» significa vivir en una vidriera constante donde cada café, cada viaje y cada compra cuenta una historia sobre quiénes somos.
Quizás, la clave del futuro no sea rechazar la tecnología ni demonizar el progreso, sino encontrar un equilibrio saludable. Tal vez guardar algunos billetes en el bolsillo deje de ser visto como un acto de atraso y empiece a valorarse como lo que realmente es: un pequeño acto de rebeldía, una reserva de privacidad y el último refugio tangible de nuestra libertad financiera.



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