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Córdoba votó gobernador y aunque ganó el peronismo local, el resultado a nivel territorios y legisladores fue el peor de las últimas cinco elecciones. El autor, politólogo y conocedor de la política cordobesa, explora los porqué de ese traspié y los errores tácticos. El cambio de época y conducción del cordobesismo, y el frustrado acuerdo entre Schiaretti y Larreta que, rompió la muralla que construyó, hace más de dos décadas, José Manuel De la Sota.
Opiniones03/07/2023 Daniel Montoya
(Diarioar) 26 de marzo de 2018. “Tengo en confección la colección otoño-invierno, pase por Río Cuarto, tendrá lo mejor al mejor precio”. No vayan a pensar que estas palabras provienen de algún vendedor de un local de ropa. Para sorpresa de ustedes, quien me mandó este mensaje digital fue un político profesional con mil batallas encima como el “Gallego” José Manuel de la Sota, el ex gobernador cordobés que, aparentemente alejado de la política con su negocio de indumentaria masculina en el sur agropecuario de la provincia, bosquejaba en aquel momento a cierta distancia de la City porteña un proyecto presidencial dónde apostaba a ser prenda de unidad del peronismo en las elecciones de 2019.
La frustrada e inexplicable danza de seducción entre Juan Schiaretti y Horacio Rodríguez Larreta no hizo más que debilitar la tradicional y siempre celosa muralla de provincialización del cordobesismo
Tiempo más tarde, ése era el espacio político que ocuparía Alberto Fernández ante la debacle prematura del macrismo, aún cuando tal proceso ya no lo tendría al veterano líder mediterráneo ni de espectador por esos malditos planes del destino, in memoriam. La anécdota no tiene nada de casual. Contiene tres condimentos fundamentales para entender la arquitectura política del cordobesismo 2.0, pergeñada a fines de los 90 por el “Gallego”.
Por un lado, la gestión de la cercanía, el cara a cara al viejo estilo o más visible en la política municipal o comunal. Por otra parte, la modernidad tecnológica y la vinculación con potentes enclaves agropecuarios provinciales que fueron pilares de la revolución productiva menemista que sí ocurrió en toda la zona núcleo en aquellos años. Sobre esos pilares, el alquimista político que fue el “Gallego” pintó de un color 100% original una provincia de larga tradición roja que, años más tarde, hasta fue epicentro del tsunami amarillo que empoderó a Mauricio Macri en 2015.
Fue una diagonal política inédita. Una suerte de universo paralelo a escala provincial que no se acopló a los fuertes vientos kirchneristas que soplaron a nivel nacional hasta 2011 ni, lo más curioso, a aquel proceso triunfal del ex jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires cuyo armado político tuvo a Córdoba como kilómetro 0. Para muestra basta el botón de las elecciones provinciales de aquellos años versus las nacionales. Mientras que Cristina Fernández de Kirchner obtenía en el ámbito nacional la marca inédita de 54% desde la democracia recuperada en 1983, el difunto ex gobernador revalidó el poder de fuego del cordobesismo con un 42% ante una oposición local repartida entre el juecismo y la UCR. Del kirchnerismo, ni noticias.
En cuanto a 2015, ante un Macri que a escala nacional obtuvo un 51% en el ballotage pero la marca récord de 72% en Córdoba en particular, en la dimensión provincial igual el cordobesismo consiguió aislarse de semejante tendencia nacional con el 40% que obtuvo el ahora saliente gobernador Juan Schiaretti versus el 34% de un Juntos por el Cambio que, en esos momentos, parecía tener la mesa servida para comerse los chicos crudos y ocupar el espacio vacante dejado por el gobernador radical Eduardo Angeloz tras su resonante caída a mediados de la década del 90. Sin embargo, tanto la fiesta K como la M no lograron penetrar el microclima serrano donde los múltiples cordones montañosos hacen las veces de barrera natural a las modas políticas metropolitanas.
En tal sentido, la arquitectura política provincial antisísmica pergeñada en su momento por De la Sota no sólo resistió las corrientes nacionales de época en el plano del poder ejecutivo sino, lo más llamativo, en el plano de las elecciones departamentales determinantes a la hora de la conformación de la legislatura unicameral provincial. Una verdadera obra de joyería política maquinada por el “Gallego” que aseguró una larga hegemonía provincial de dos décadas.
No obstante, toda esa bella historia terminó el domingo pasado cuando, por primera vez en muchos años, al oficialismo provincial le entraron las balas y se le pintó de “amarillo” tanto la mitad sur del territorio como la legislatura provincial. Atenti: retener ese detalle del amarillo entre comillas. Antes que ello, vale enfocarme en los dos errores no forzados que explican semejante filtración en la arquitectura original de un cordobesismo que, si no apuntalaba esta elección con los 80 mil votos de diferencia del doble terruño del flamante gobernador electo Martín Llaryora, San Justo y ciudad de Córdoba, hoy las siempre indemostrables denuncias de fraude de Luis Juez ya se hubiesen convertido en un cuartetazo con La Mona Jiménez a todo volumen. Si hay un mensaje nítido que dejaron las urnas para el flamante gobernador Llaryora fue éste: no le debe nada a nadie tras una victoria transpirada que se asienta casi toda sobre su propia espalda.
En primer término, hay un factor de la dinámica política local que explica el debilitamiento del gran edificio delasotista original. El schiarettismo, hoy con credenciales muy dañadas para alimentar una aventura nacional, más aún en una ya superpoblada avenida del medio, generó un cambio de estilo político visible. De aquella gestión de la cercanía del “Gallego”, el cara a cara del vendedor de trajes, a la cercanía de la gestión del “Gringo” Schiaretti es decir, un estilo de vinculación con los cordobeses basado en la desangelada evidencia de las grandes obras públicas, las estadísticas y las métricas viralizadas por un aparato de propaganda y comunicación tanto tradicional como digital no imaginado en su época ni por el propio George Orwell.
Cualquier parecido con la impronta y el estilo PRO en su versión Horacio Rodríguez Larreta no es mera coincidencia. Hasta por ahí se ven algunos funcionarios locales con sneakers y chupines que traslucen un estilo metropolitano cuya referencia resulta muy útil para introducir el segundo factor explicativo del visible desgaste electoral sufrido. En ese terreno, la frustrada e inexplicable danza de seducción entre ambos jefes territoriales no hizo más que debilitar la tradicional y siempre celosa muralla de provincialización del cordobesismo. Por cierto, en un distrito con una memoria latente de la profunda penetración de Juntos por el Cambio alrededor de los nervios territoriales del conflicto con el sector agropecuario de 2008, vale decir, la Córdoba gringa. Para peor, en el contexto de un proceso de puja interna de alto voltaje entre Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich que compromete a un Macri que sigue manteniendo cierto romance y predicamento en suelo mediterráneo.
Por último, es muy oportuno resaltar que el debilitamiento del cordobesismo en su variante gringa 4.0 obedece también a factores ajenos a la dinámica provincial. Ahí vuelvo a la mención del amarillo entre comillas. En particular, el renacimiento de la UCR no sólo en Córdoba sino también en ciudad y provincia de Buenos Aires está ligado al agotamiento de las dos fuerzas políticas nacionales que acapararon el centro de la escena política durante las dos últimas décadas, el kirchnerismo y el macrismo. En tal sentido, el vacío generado por semejante reconfiguración y hasta implosión del tablero político abona el terreno para la reaparición del viejo partido centenario en letargo.
Inclusive, dándose un curioso fenómeno donde sus tradicionales bases electorales siempre con anclaje en sectores medios caminan por delante de una dirigencia que está cómoda como furgón de cola de una fuerza diezmada por su internismo, su doble fracaso nacional y bonaerense, la ausencia de un liderazgo ordenador como el que mal que mal sigue conservando el kirchnerismo y, por último, el riesgo de una derrota en su propio patio porteño de atrás.
En esa línea, vale preguntarse, ¿cuánto tiempo pasará para que Lázaro finalmente se levante y empiece a caminar por sí sólo o aunque sea a gatear? Más en una provincia dónde allá lejos en el tiempo el propio creador del peronismo ganaba hasta en la ciudad de Buenos Aires, pero mordía el polvo en una provincia que siempre fue resiliente y tozuda a la hora de mantener su propia dinámica política local. El próximo test electoral será muy pronto, en la ciudad de Córdoba el 23 de julio, y ahí el radicalismo local impulsará a uno de los jugadores de su cantera propia como Rodrigo de Loredo, no teniendo que correr detrás de un Luis Juez al que siempre miraron de costado y que demostró, una vez más, que apadrinarlo siempre termina teniendo un costo insoportable. Como reza el viejo adagio, quien duerme con niños amanece mojado.

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