


El fin de la rigurosidad: De las plumas de Mayo al algoritmo de las redes
Miguel Peiretti
El periodismo en Argentina mutó radicalmente de las plumas ideológicas del siglo XIX a un ecosistema digital y precarizado en el siglo XXI. Nacido con un rol netamente militante e independentista bajo la pluma de Mariano Moreno en 1810, el oficio transitó hacia la industrialización comercial a fines de esa centuria con la creación de los grandes diarios. Este proceso consolidó al redactor asalariado y especializado, un trabajador protegido décadas después por el histórico Estatuto del Periodista de 1944. Hoy, el colapso del modelo de negocios corporativo tradicional y la crisis del papel impreso empujan a los periodistas al pluriempleo y a la autogestión forzada. El periodista ahora debe redactar pensando en optimizar para los alogaritmos operando bajo estructuras autogestivas nacidas por pura necesidad de supervivencia económica con cada vez con menos rigurosidad, cada vez menos chequeo de la información, cada vez menor calidad informativa.
Como advertía el sociólogo nacional Horacio González, esta supuesta emancipación simula una liberación pero profundiza el aislamiento del trabajador. Al desmantelarse las redacciones tradicionales como espacios de resistencia compartida, el cronista queda a la intemperie de un mercado digital donde el algoritmo dicta las condiciones de existencia. Así, la libertad bajo la pauta de la autogestión choca con trampas que tienen que ver con la premiación de los alogaritmos al escándalo en lugar de hacer prevalecer la información desarrollada con rigurosidad, la pauta que fuerza a la dependencia son todos ingredientes que desprotegen el trabajo periodístico y es aprovechado por el poder


A la fragilidad material del sector se le suma un severo retroceso institucional, reflejado en la estrepitosa caída de Argentina al puesto 98 en el libertad de prensa del ránking de Reporteros Sin Fronteras (RSF). Bajo la gestión del presidente Javier Milei, se configuró una estrategia de censura de baja intensidad y hostigamiento sistemático. Según alertan entidades como el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), los principales ejes de esta presión oficial combinan la asfixia comercial por la quita discrecional de la pauta publicitaria, el desmantelamiento de medios públicos administrados por el Estado, el ataque digital institucionalizado desde cuentas gubernamentales en la plataforma X para desacreditar firmas críticas, y severas restricciones físicas de acceso para los cronistas acreditados en la Casa Rosada.
Frente a la propaganda y los cercos informativos, la trinchera cuentapropista asume la resistencia ética de la profesión. Ante los desafíos de la inteligencia artificial y el flujo caótico de datos, cobra vigencia el postulado de Rodolfo Walsh: «El periodismo de investigación no se hace para halagar al poder, sino para revelar lo que este intenta ocultar». El soporte tecnológico mutó, pero la función de auditar al poder sigue intacta.









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