El legado de las mujeres agropecuarias en lucha

El movimiento nacido en el corazón de la provincia de La Pampa transformó la desesperación familiar en una epopeya de resistencia civil. Con el Himno Nacional y la bandera como únicos escudos, frenaron el desguace de la agricultura familiar. Un repaso histórico necesario sobre una de las gestas federales más profundas del país.
Opiniones30/07/2026Miguel PeirettiMiguel Peiretti

El-legado-mujeres-luchaEl calendario marca más de tres décadas desde aquel frío invierno en el que la llanura pampeana parió un movimiento social inédito. Corría el año 1995 cuando un grupo de mujeres, con las manos curtidas por el trabajo de la tierra y los ojos empañados por la angustia del despojo, decidió plantarse frente al avance implacable de las ejecuciones judiciales. Nacía así el Movimiento Nacional de Mujeres Agropecuarias en Lucha (MML). El epicentro de este estallido de dignidad fue la localidad pampeana de Winifreda, pero su onda expansiva pronto sacudió los cimientos económicos de toda la República Argentina.

Aquel 3 de junio de 1995 no fue una jornada de celebración, sino de trinchera. La convertibilidad económica, el atraso cambiario y las altísimas tasas de interés de la banca financiera habían arrastrado a miles de pequeños y medianos productores agropecuarios a un callejón sin salida. Las deudas con el Banco Nación y otras entidades crediticias privados se volvieron impagables. La respuesta del sistema fue inflexible: el remate masivo de los campos. Las maquinarias, las viviendas rurales y las tierras que habían pertenecido a generaciones de familias colonas estaban a punto de ser subastadas al mejor postor por monedas.

Frente a la parálisis de los hombres, agobiados por la depresión y la vergüenza social que significaba perder el patrimonio familiar, las mujeres rurales asumieron el protagonismo. Lideradas por figuras emblemáticas como Lucy de Cornelis, decidieron organizarse de forma asamblearia. La consigna inicial era simple pero poderosa: ningún campo menos, ninguna familia expulsada del arraigo rural. El movimiento entendió rápidamente que la lucha no era únicamente legal, sino fundamentalmente cultural, simbólica y territorial.

La estrategia del Himno y la Bandera

La metodología de protesta diseñada por las Mujeres Agropecuarias en Lucha rompió todos los manuales de la resistencia civil de la época. No apelaron a la violencia ni al corte sistemático de rutas, sino a una ocupación pacífica y patriótica de los espacios donde se dictaminaba el despojo. Cuando un martillero público se disponía a rematar una propiedad rural en los tribunales o en las tranqueras de los mismos establecimientos, las mujeres irrumpían en masa.

El procedimiento se repetía como un ritual inquebrantable. Rodeaban el predio portando banderas celestes y blancas. En el momento exacto en que el rematador levantaba el martillo para iniciar las ofertas, las manifestantes comenzaban a entonar a viva voz las estrofas del Himno Nacional Argentino. Ninguna autoridad judicial ni fuerza policial se atrevía a reprimir o a interrumpir las estrofas patrias. El acto burocrático quedaba suspendido por la fuerza moral de una canción compartida. El remate se caía. La tierra ganaba un día más en manos de sus dueños legítimos.

A través de esta estrategia de resistencia comunitaria, el movimiento logró una hazaña descomunal: frenar la ejecución judicial de aproximadamente 14 millones de hectáreas hipotecadas a lo largo y ancho del territorio nacional. Lo que comenzó como una reacción desesperada de unas pocas vecinas en Winifreda se estructuró como una red federal que nucleó a productoras de Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires, Chaco y Entre Ríos.

El recorrido hacia la institucionalización

La persistencia del MML forzó a los poderes del Estado a buscar soluciones políticas de fondo. Las mujeres no se limitaron a las tranqueras; viajaron sistemáticamente a la Ciudad de Buenos Aires, acamparon frente al Congreso de la Nación y ocuparon pacíficamente las sedes centrales de los bancos oficiales. Su presión constante logró que se dictaran sucesivas leyes de refinanciación de deudas de los productores agrarios y moratorias que suspendieron los remates de manera definitiva.

Con el paso de los años, el movimiento no solo salvó la propiedad de la tierra, sino que visibilizó el rol fundamental de la mujer en la unidad productiva familiar. Tradicionalmente relegada a las tareas domésticas o al soporte invisible del trabajo agrícola, la mujer rural emergió como un actor político de primer orden, con capacidad de negociación frente a gobernadores, ministros y presidentes. El Grito de Winifreda se inscribió así en la larga historia de las rebeliones agrarias argentinas, siendo el sucesor directo del histórico Grito de Alcorta de 1912.

Hoy, a 31 años de aquellos primeros pasos, las banderas del movimiento siguen vigentes. Aunque las condiciones macroeconómicas han cambiado, la vulnerabilidad de los pequeños productores frente a las corporaciones financieras y la concentración de la tierra sigue siendo un tema de debate estructural en la agenda del campo argentino. El recuerdo de aquellas asambleas en los galpones y de los cantos frente a las instituciones bancarias permanece como un faro de acción colectiva.

Un homenaje a las pioneras

El aniversario número 31 encuentra a la organización en una etapa de memoria activa y transmisión de saberes hacia las nuevas generaciones de mujeres rurales. Muchas de las fundadoras originales ya han fallecido, pero su legado es recordado con profunda devoción por las actuales dirigentas y por las comunidades que lograron conservar su sustento gracias a aquella intervención histórica.

El Movimiento de Mujeres Agropecuarias en Lucha demostró que la soberanía nacional no se defiende únicamente desde los despachos oficiales, sino desde el territorio, protegiendo a quienes producen el suelo. Su historia es el testimonio vivo de cómo la organización comunitaria, la firmeza pacífica y la dignidad de las mujeres del interior profundo pueden torcerle el brazo a los modelos económicos basados en la exclusión y el desarraigo.

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