


Cuando un niño mata a otro niño
(APe).- Cuando un niño mata a otro niño algo del orden de lo pensable se rompe.
No alcanza con buscar culpables individuales ni con respuestas simplistas.
Hay algo más hondo que nos interpela como sociedad.


¿Qué mundo estamos construyendo para que la violencia letal se vuelva una posibilidad en la vida de las niñeces?
Parece que sólo las adolescencias son noticias cuando se suicidan o cuando matan. Ninguna autoridad reacciona ante los pedidos ya desesperados de las nuevas generaciones que reclaman políticas públicas que aborden la pandemia de salud mental que les aqueja.
Las escuelas suelen ser pensadas como espacio de cuidado, de encuentro, de construcción de lo común pero no están por fuera de la sociedad: la atraviesan las desigualdades ya obscenas, las violencias desatadas, la radicalidad de los discursos de odio, la agonizante soledad, la estructural falta de escucha, la precarización que no tiene fin.
Lo que irrumpe ahí no nace ahí: llega. Se expresa.
Tal vez el riesgo más grande ahora sea caer en la tentación de endurecer, de castigar más, de mirar a las niñeces como peligrosas en lugar de como sujetas atravesadas por condiciones que no eligieron. Porque si hacemos esto perdemos la posibilidad de comprender y, sobre todo, de transformar.
No se trata de simplificar sino de complejizar. De animarnos a preguntar qué les está pasando a las infancias y adolescencias, qué lugar les damos, qué violencias naturalizamos, qué ausencias sostenemos.
¿Qué responsabilidades colectivas quedan expuestas cuando algo así sucede?
¿Cuánto más va a deteriorarse la humanidad que todavía somos?
Ante acontecimientos de esta radicalidad necesitamos recuperar la virulencia amorosa, la rabia justa, de todas aquellas personas que –como dijera José Martí- no buscaron cambios formales sino esenciales. Es decir, estructurales.













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