


Parir en el infierno
Marta Bertolino ya sabía que su compañero Oscar Manzur había muerto en la tortura en el Servicio de Informaciones.
Ella es llevada a parir al segundo piso de la Maternidad Martin, en Moreno y Rioja.
La esposan a la camilla y la vigilan, desde afuera, hombres armados.
“Yo estaba en una habitación de la Maternidad Martin, creo que en el segundo piso. Esposada a una cama, el único movimiento que podía hacer era mover la cabeza.
A dos metros dormía en una cuna, arrimada contra la pared de enfrente, una beba recién nacida. Dormía agotadísima, era mi hija.
Yo no podía tocarla.
Menos aún podía amamantarla.
Tampoco me habían dejado darle un nombre.
Recuerdo que habían cerrado la puerta de la habitación.
Estaba celosamente custodiada por fuera por varios hombres armados.
La única ventana había sido clausurada por un candado.
De repente una oblicua luminosa viene y se instala ahí. Sólida, finita, increíble, delante de mis ojos...
Recuerdo que me hizo reír la ocurrencia del sol, su desparpajo, su modo silencioso de colarse.
El gesto fulgurante de ese instante ganado a las tinieblas. Eso es lo que retuve de esos momentos.
Años después tematicé esto escrito con aspirinas a falta de tizas en un calabozo de Villa Devoto, sobre una de las paredes de ese encierro.
Poca cosa había en el cuarto, apenas una cama, vos dormida y yo mirándote en silencio. Nadie ahí para contarle que existías y existías en un buitre acechándote furioso, en un aletear de pájaro, en una bata.
Nadie para contárselo.
De un domingo extrañamente ajeno transcurría la tarde y aquel rayo de luz abrió un atajo por donde se coló la risa”, contó Marta, hoy psicóloga, docente y poeta.
Su hija Alejandra estudia música, canta y sueña.















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