Un búnker propio

Opiniones25/10/2023 Petronio La Arena
Un búnker propio

En 1928, la escritora británica Virginia Woolf publicó un ensayo titulado "Un cuarto propio" ("A room of one's own", traducido entre nosotros nada menos que por Jorge Luis Borges), y que hoy se considera uno de los textos fundantes del feminismo. En esa obra -en realidad basada en dos conferencias públicas de la autora- Woolf contaba su derrotero en las letras, estimulaba a sus congéneres colegas, y sostenía la tesis de que, para animarse a escribir, todo lo que una mujer necesitaba era tener un ámbito de privacidad donde desarrollar su tarea sin las molestias propias de la vida de ama de casa. Y, como al pasar, agregaba también que no venía nada mal, tampoco, tener una renta anual con la que mantenerse.

 Burguesa
Desde luego, Virginia escribía desde su propia condición de mujer, crecida a fines del siglo XIX en la Inglaterra victoriana, donde el rol femenino estaba fuertemente pautado por las convenciones sociales. Aunque, desde luego, no puede ignorarse que, como integrante de una clase social acomodada en el centro del imperio entonces dominante en el mundo, su situación era, en realidad, de privilegio. Al menos, comparada con una contemporánea suya de alguna colonia británica.
El recuerdo de "Un cuarto propio" parece obligado al considerar lo que le acaba de suceder a Adania Shibli, una escritora palestina que venía de ganar un prestigioso premio literario en Alemania con su novela "Un detalle menor", cuya ceremonia de premiación acaba de ser cancelada en la Feria del Libro de Frankfurt "debido a la guerra en Israel", como anunció, escuetamente, la asociación Litprom, responsable del certamen literario en cuestión.
La novela se basa en un hecho real: la violación y asesinato de una niña palestina ocurrida en 1949 a manos de un grupo de soldados israelíes. Un dato histórico que se encuentra suficientemente documentado, pero aún de no ser así, la autora estaba en todo su derecho de elaborar una ficción al respecto, ya que se trata, por desgracia, de una situación por demás común y casi esperable en un contexto de conflicto bélico como el que se vive, desde hace décadas, en ese rincón del mundo.
La polémica al respecto se había iniciado con la proclama de Ulrich Noller, un periodista miembro del comité encargado de la selección de obras premiadas -que en este caso convocaba a escritores de Asia, Africa, Latinoamérica y el mundo árabe- quien renunció a su puesto en protesta por el otorgamiento del premio a una obra donde "se retrata al Estado de Israel como una máquina asesina".

 Frankfurt
Lo que se canceló, exclusivamente, fue el acto de entrega del premio, no el premio en sí. Las autoridades de la Feria del Libro de Frankfurt, con clásica hipocresía europea, habrán previsto disturbios en su coqueto evento anual, y habrán tratado de evitarlos. Después de todo, la guerra desatada (¿o reactivada?) a comienzos de este mes ya ha generado protestas, atentados y tensión social en distintos países europeos con inmigración de origen musulmán, particularmente Francia y Bélgica.
Juergen Boos, el director de la Feria, se encargó de expresar la solidaridad de su organización con la causa de Tel Aviv, y de aclarar que, no contentos con boicotear la obra de Shibli, tenían previsto además crear en el evento una serie de espacios donde "se puedan escuchar las voces israelíes", como si existiera algún tipo de censura al respecto.
Ya bastante difícil es ser una mujer escritora en el Tercer Mundo, y más en un no-país como Palestina. Ya bastante complicado es acceder a la publicación internacional de una novela, que se traduzca a varios idiomas, y que gane un premio de esta magnitud. Está claro que para una novelista de la periferia, tener un cuarto propio y una renta no alcanza: hace falta más bien un búnker propio, lejos de las balas del ejército ocupador, pero también de las de los "colegas" intelectuales europeos.

 Arundhati
Una suerte parecida viene corriendo otra intelectual y escritora "no europea" como la india Arundhati Roy, ganadora del Booker Prize por su genial novela "El dios de las cosas pequeñas", esta vez no a manos de unos alemanes sirupíticos y culposos, sino de las de su propio gobierno nacional.
Roy, una mujer vigorosa de prosa punzante, viene diciendo en voz alta lo que muchos en su país -que experimenta un crecimiento económico y geopolítico impresionantes- prefieren callar: detrás del orgullo nacional por unos progresos materiales, que incluyen hasta un exitoso programa espacial, se esconde la vergüenza nacional de una política de limpieza étnica y religiosa en contra de la minoría musulmana. Aquí corresponde hacer un paréntesis: lo que ellos llaman "minoría" es un contingente de unas 200 millones de personas, esto es, más de cuatro veces la población argentina.
La escritora había formulado declaraciones en este sentido -tan luego, en la disputada región de Cachemira- que le valieron la presentación de una denuncia penal por violación a una particular legislación de la India, que criminaliza las "expresiones provocativas" y la "incitación a la enemistad entre grupos".
Vamos a ahorrarle trabajo a los augustos jueces del subcontinente asiático. Arundhati Roy es, efectivamente, una provocadora. En "El dios de las cosas pequeñas" (título que evoca, seguramente por azar, una canción de Caetano Veloso) se metió tan luego con el sistema de castas de la India, y con el incesto. En "El ministerio de la felicidad absoluta", su novela más reciente, se permitió poner a un travesti de Nueva Dehli como protagonista.
Roy también proviene de una clase acomodada en su país, que al momento de la publicación de "Un cuarto propio" luchaba por independizarse como colonia británica. Pero está visto que para ser mujer, para pensar y para escribir desde el así llamado Tercer Mundo, no basta con un cuarto, y ni siquiera con una renta. Por desgracia, todavía no se ha inventado un repelente contra cretinos.

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